Archivo por meses: febrero 2021

El árbol del bien y del mal

Vivimos una época complicada. De esto no cabe duda. La terrible enfermedad que nos asola, que se lleva vidas o amarga a muchos las suyas; que deja secuelas que impiden desarrollar la actividad habitual; que obliga a los niños a ir enmascarados y a no ver a sus amigos y parientes; que impide a los amigos reunirse o a los padres encontrarse con sus hijos y nietos; que no deja que la gente se desplace a municipios cercanos o lejanos, que viaje o vaya a visitar espacios que le apetece conocer. Las secuelas de esta pandemia son por otra parte terribles porque han modificado irremediablemente los modos de vida; ya no es fácil ser un vendedor ambulante, ni un feriante, ni un restaurador. Obligan a muchos a convertir su casa en su oficina lo que sin duda comporta una terrible renuncia; la de distinguir entre un espacio público y uno privado. En fin, podríamos continuar con la ristra interminable de males que sigue a este mal. Sin embargo, la intención de estas letras es otra.

Muchos de los que estudiasteis Historia sagrada en vuestra infancia y otros por razones de creencia o simple cultura conocéis el relato del paraíso y de la expulsión del mismo de Adán y Eva por comer del ‘árbol del bien y del mal’ o el ‘árbol del conocimiento’. En ese mito del origen, parece que el Dios creador se reservó el conocimiento para sí mismo, dejando al hombre en un estado de inocencia perpetua. Es posible que el Señor pensara, en principio, que los seres humanos serían más felices si no percibían la maldad y por tanto podían desechar el temor o la culpa y, puesto que había creado a aquellas criaturas humanas con verdadero mimo y cariño, poniéndolas al frente de toda la creación para que disfrutaran de ella, estimó oportuno privarlas de ese conocimiento. El conocimiento, por otra parte, no es sino producto de la propia vida. Eso que llamamos experiencia y, consecuentemente, era de prever que caerían en el conocimiento, aunque fuera solo por desobedecer una orden.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a nuestra infancia posiblemente muchos de nosotros recordaremos algo que hicimos, sin querer, de modo inadecuado y nos enseñó a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Eso es lo que cuenta el mito; los seres humanos, por el simple hecho de estar vivos y de actuar, necesariamente conocemos el bien y el mal a partir de hechos nimios, ejemplificados perfectamente en el acto inocente de comerse una fruta.

Sin embargo, recientemente, se han producido algunos acontecimientos sorprendentes y los que han incurrido en ellos han mostrado un total desconocimiento de la distinción entre el bien y el mal, o bien, lo que es peor, distinguiéndolos, han reflexionado acerca de otros posibles perjuicios o beneficios y han tomado decisiones a favor del mal.

Se podrían presentar múltiples ejemplos, pero me centraré en dos nada más. El primero de los hechos es el de saltarse los protocolos establecidos y vacunarse fuera de orden. Es llamativo que casi todos han dicho no haber caído en la cuenta de que obraban mal. Esto me sorprende en adultos ilustrados. Cuando menos, debería haberles dado pudor aducir una excusa tan burda. Solo comparable a las respuestas de Adán; la mujer me engañó o, la de la mujer; la serpiente me engañó. Pero en el mito, ya que no es más que un cuentecillo, está justificada una excusa tan infantil. No hay que olvidar que estamos en los principios de los tiempos.

Estas excusas producen sonrojo, sin duda, y hablan de una mentalidad infantil que no distingue el bien del mal. Los sujetos en cuestión me conmueven en su miseria. Al menos, Adán y Eva estaban avergonzados; estas criaturas no. Simplemente no cayeron en la cuenta de que esas cosas no se hacen porque están mal. La vacunación persigue el bien común y establece el orden de los más vulnerables. Esto lo entiende cualquiera. Ya digo, estoy pasmada.

El segundo acontecimiento es el proceso de impeachment del expresidente de los EEUU. Por supuesto que es una decisión colectiva y los de su partido iban a votar en contra porque les arrastra la vergüenza de su antiguo jefe de filas. Pero qué clase de jefe de filas de un estado poderoso y que se pretende ejemplar azuza a sus seguidores a comportarse como vándalos (pobres vándalos). Qué clase de persona, si no se le marca el territorio, acabará insistiendo en ser de nuevo presidente y llevando aún más lejos la vergüenza generalizada a la que ha sometido a su país y muchos otros lugares en el mundo, sin que sus correligionarios le pongan freno. Entre el bien y el mal, esos senadores  han debido echar sus cuentas y han llegado a la conclusión de que ‘para ellos’ era mejor que no se estigmatizara a su exjefe. Estos seguro que saben distinguir entre el bien y el mal, pero tal vez piensan que del mal van a obtener alguna ventaja o evitar algún perjuicio. Su acción no es de infantilismo o ignorancia, es de interés y perversidad.

Si uno piensa un ratito, puede distinguir entre estas dos posiciones frente al dilema del bien o el mal. Claro que es posible que, a día de hoy, la manzana, el árbol y la serpiente queden muy lejos y, por otro lado, quién tiene tiempo de pararse a pensar en tonterías propias de trasnochados moralistas.

 

Presencia

Mi madre empleaba mucho la frase ‘ser el perejil de todas las salsas’, que señalaba a esas personas que quieren ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Vamos, que quieren ser siempre el centro de atención. Esa actitud, al menos bastante frecuente, señala a alguien que o bien siente una alta autoestima o bien todo lo contrario y necesita el refrendo de los demás.

Esa necesidad de protagonismo me lleva a plantearme aquello del ser y el parecer o, si no se quiere ser tan solemne, del ser y el estar. Cuando uno enseña español a un extranjero, se da cuenta de lo difícil que es hacerle distinguir entre el verbo ser y el verbo estar, ya que en un buen número de lenguas esa realidad no existe. En árabe, por ejemplo, sólo hay un verbo para esas dos ideas, sin embargo, la lengua se las ha ingeniado para distinguir con claridad el uso; se ‘es’ siempre que lo que siga señale a una cualidad permanente y se ‘está’, cuando tras el verbo aparece un adjetivo que señala a algo transitorio o bien hay una preposición que señala a un lugar o a un objeto. Entonces el verbo se transforma no solo en un estar, sino en un haber y, finalmente, en un tener y ya se sabe que lo de tener o no tener puede ser algo azaroso; hoy eres rico y mañana no, por ejemplo.

En español, al tener dos verbos que señalan directamente a estos matices y por supuesto a los de tener o haber, a veces yo creo que no se notan las diferencias. Parece que no cabe duda y sin embargo se usan de modo inadecuado o se viven de manera inadecuada, lo que es peor. De ahí tal vez el afán de estar, en lugar de ser.

La presencia de muchos en las redes sociales no se entiende como un medio de comunicarse con otras personas a las que no ves a diario y, ahora con la pandemia, mucho más. Se entiende más bien como un escaparate en el que venderte y venderte del modo en que mejor te puedan comprar. Así vemos que muchos no emplean este medio más que para mostrar su mejor rostro, su gran sonrisa, su pose más atractiva o para señalar cosas suyas que quieren que los demás conozcan. El medio, por otra parte, parece comprender esta realidad a la perfección y, por un lado te ofrece publicidad acerca de objetos por los que en algún momento te has interesado o bien te invita a invertir unas monedas en ‘colocar tu producto’. Resulta sumamente difícil hacerle entender al medio que tú no eres un objeto en venta, ni siquiera tienes algo que vender. No quieres ser famoso, sino aprovechar este medio cómodo y directo para comunicarte con gente a la que aprecias y está lejos, o con gente a la que no ves con frecuencia y cuya vida y sentimientos te interesan o también su producción artística, que te ofrecen gratuitamente, haciéndote disfrutar de su capacidad de dar nuevas versiones de la realidad. Te gusta usar ese medio para conectar con gente que ‘es’ y te cargan todos aquellos que solo aparecen para ‘estar’.

Son presencias indeseadas y cargantes que no ofrecen nada. En muchos casos, puedes llegar a comprender que el medio les permite mostrar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad y que, al menos, les permite vivir una vida diferente de la que desgraciadamente les ha tocado. Así, alardean de sus amores, de sus ropas, de sus posturas, de sus viajes, de lo que otros les han dicho o de lo bien que les va, cuando la cosa no es tan brillante. Responden al ‘dime de qué presumes’ y eso los excusa, y te hacen sentir una cierta ternura por esa miseria que pretenden ocultar, no a tus ojos, sino a sus propios ojos.

Pero, en otros casos, son apariciones intermitentes, cuidadosamente espaciadas en el tiempo que lo que pretenden es sorprender y resultar relevantes. Se dedican a hacerse propaganda: He hecho esto o lo otro o lo de más allá y sé que no pararéis hasta encontrar esa maravilla que he hecho, porque todos sabéis que soy especial y lo que produzco es excelso. No es el artesano o el artista o el escritor que viven de su producción y por tanto usan el medio para que no decaiga la atención sobre su trabajo. Porque eso es: un trabajo. No, son aquellos que viven de otra cosa y que solo miran al mundo como a un gran zoco del que obtener beneficio. Tienen una mercancía y por allí pasan miles de potenciales clientes. Ellos son mercaderes y mercadean con lo que sea.

No son lo que se ve, están para que les vean y son solo eso: una presencia.

LOS GENIOS Y LAS MUSAS

Hace bastante tiempo que me entretengo en pensar por qué mi forma de entender lo literario no se parece a la mayoría de las cosas que leo y son de publicación reciente.

Tras una experiencia cercana en el tiempo, empiezo a ver dónde pueda estar la raíz de mi acercamiento a la escritura creativa.

Ya antes me engolfé en un debate acerca del compromiso del creador, en especial, en el caso de quien compone a base de palabras. La música comprometida quizá sea una de las cosas más raras, a no ser que la unamos a la letra, pero, han existido grandes piezas que han reivindicado la realidad de un pueblo ante una invasión, pongo por caso, como es el ejemplo de Nabuco, sin embargo, no me voy a entretener ahora en ello.

El compromiso en el arte es, sin duda, una elección personal que procede del convencimiento íntimo del artista que se siente cuestionado por la sociedad a la que pertenece y trata de dar respuesta a los retos desde su único oficio. Casos ha habido en la historia también en los que además de con el verso o el pincel se han tomado las armas; el caso de Lord Byron, por ejemplo. A mí el compromiso me parece esencial en la obra de arte y este hecho no es compartido de manera general hoy en día.

La pregunta que hoy me planteo tiene que ver pero es concretamente: ¿qué mueve a un artista a escribir? Se podría extender a la literatura, por ejemplo, y recordando a Ramón Gaya, aquello de que escritor es aquel que mira al mundo viendo en el un poema, una novela o un cuento, del mismo modo que es pintor quien mira a su alrededor viendo en ello un cuadro.

Esto me lleva a pensar que, desde mi punto de vista, no se trata tanto de ‘crear’ un objeto que reproduce una realidad, sino más bien de componer un objeto nuevo que responda a la emoción -dulce o amarga- que produce una determinada realidad. Es decir; hacer arte es componer una metáfora extendida que remita a los sentimientos provocados por una determinada realidad. Eso significa, por otra parte que, puesto que el arte es un mensaje que, como todo mensaje, necesita de un emisor y un receptor, lo que cualquier pieza artística ha de provocar es una vibración en el receptor que se asemeje a lo que el emisor ha dejado en el aire o sobre un lienzo.

En este sentido, cualquier medio es potencialmente válido para que se produzca la transmisión de esa emoción y su recepción adecuada que, siempre, inevitablemente, será en algo diferente a la originaria. Es decir, lo que en el espectador provoca es necesariamente distinto a lo que el artista emite, aunque al menos se hallará en una onda semejante.

Dicho todo esto, mi pregunta sigue en pie. Qué hace que alguien escriba, por ejemplo, y yo no sea capaz de apreciarlo. No vale decir que sobre gustos, etc. Porque observo que a mi alrededor hay mucha gente que de manera unánime aprecia aquello que yo desprecio y valora aquello que, a mí, me parece carente de valor.

Sigo dándole vueltas al fenómeno y empiezo a llegar a algo que podría estar en el fondo de esa experiencia que, en definitiva, consiste en ir contracorriente en cuanto a sensibilidad artística.

Las palabras tienen importancia y señalan al meollo de los asuntos. En las lenguas occidentales, – y aquí me voy a ceñir a la poesía como base de mi soledad en el aprecio de lo artístico- a la poesía se la llama así, tomando el término del griego en el que significaba ‘creación’. El término creación implica -salvo en el caso de Dios, claro- que se hace un objeto diferente con materiales ya existentes. Entendida la poesía de este modo se trata, pues, de obtener un objeto que ha sido provocado por un movimiento inspirador y que se concreta en una forma que mezcla materiales de manera hábil, bella o provocadora. De ahí que, de alguna manera, la forma en que se mezclan los materiales sea prácticamente lo fundamental y el impulso inicial, eso que para entendernos llamamos inspiración, queda en un segundo plano, a pesar del papel concedido a las Musas.

Es posible que no  sea esta la intención del artista, pero la lengua por siglos ha llamado así a la poesía, y nadie se ha opuesto, y por tanto ha primado más la forma que lo vibrante en ella y ha construido su propio mito como algo que tiene que ver con un dios que posee todos los registros artísticos y los transmite a unos pocos elegidos a través de las Musas y, estos, como artesanos fieles, les dan forma.

La otra cultura a la que con orgullo pertenezco es sin duda una de las más antiguas, la semita, y que, en mi caso, se concreta en la árabe, aunque sin dejar de lado los rasgos originarios que remiten a la Antigua Mesopotamia o al Mundo Bíblico. Pues bien, en esa cultura la poesía recibe el nombre de si’r (shi`r, con una guturalización de la vocal). Este término significa sentimiento. Ya desde el inicio, el término señala a algo absolutamente inmaterial como pueda ser una vibración, una conmoción interior. De tal intensidad es esa vibración y tan peculiar que sólo se explica porque el sujeto que la siente se halla poseído por un genio. De manera que no son los dioses los que poseen el don y lo reparten a través de las Musas, sino que son unos seres a medio camino entre los humanos y los espíritus, que se caracterizan por su carácter burlón y provocador los que se apoderan de un individuo y, ante la contemplación de la realidad, le hacen verla con una mirada totalmente peculiar, nueva y diferente, a veces cercana a la locura y a veces cercana a lo misterioso e invisible. De ahí que el poeta y el profeta sean dos criaturas que poseen cualidades y llevan a cabo acciones del todo distintas a las del resto de los mortales.

El poeta es, por tanto, en la tradición árabe y semita, un ser que, arrebatado por un genio, sufre una serie de experiencias inefables que, él y sólo él, es capaz de poner en palabras.

Me doy cuenta de que así es como yo veo al artista; como alguien capaz de hacer de una experiencia común a cualquier ser humano algo extraordinario.

Curiosamente y como todo lo que atañe al ser humano, la poesía árabe hasta tiempos muy recientes, no ha sido capaz de desprenderse de las exigencias formales; es decir, se ha visto en muchos casos constreñida por unas formas métricas sumamente complejas y exigentes de las que se ha liberado, al menos en parte, no hace más de setenta años. Aun así, la forma sigue siendo secundaria y el poema se evalúa por la vibración que provoca en el receptor.

Por su parte, la poesía occidental, más proclive aparentemente a innovar en la forma, hasta desposeer a la poesía de sentido y primar la forma, como es el caso del movimiento Dadá o, en otro sentido, llegar a lo que se conoce por ‘poesía pura’, ha dejado de lado en numerosas ocasiones el contenido experiencial y vivencial de la poesía, para dedicarse a los experimentos de vanguardia y, en ello, ha sido más fiel a sus orígenes: crear algo nuevo con materiales viejos, incluso sacrificando esa gran metáfora compartida.

Es como si los viejos genios se hubieran vuelto normativos, mientras que las Musas han enloquecido. No obstante, los genios que subyugan a los poetas árabes permanecen vivos. No estoy tan segura de que las musas no hayan muerto y hayan dejado tras de sí tan solo a los artesanos de las palabras, combinando una y mil veces de distintas formas los mismos materiales que, quién sabe a quién inspiraron en tiempos lejanos.

En ello estriba mi acercamiento al arte, en general. Espero que el artista provoque en mí una reacción semejante, de escalofrío gozoso, ante algo que yo sola jamás podría haber visto de ese modo o, al menos, no habría sido capaz de expresar y el poeta le ha puesto palabras e imágenes para que yo sea capaz de conocer mi verdadera experiencia ante un estímulo. La forma en que lo haga y los materiales empleados me dan lo mismo, incluso valoro las imperfecciones porque, así, no me siento tan lejos de esos seres privilegiados.

No todo lo innovador, formalmente, es poesía. Las ideas prestadas, si no proceden de los genios, no son poesía. Sólo cuando un objeto nos ha poseído de veras podemos decir que hemos tenido una revelación. La poesía es revelación, o debería serlo. En caso contrario, ni vibra, ni hace vibrar y solo es oficio, aunque haya un mayoría que apruebe y prefiera el oficio.

Por otra parte esto no me extraña; es mucho más confortable.