Archivo por días: 1 febrero, 2021

LOS GENIOS Y LAS MUSAS

Hace bastante tiempo que me entretengo en pensar por qué mi forma de entender lo literario no se parece a la mayoría de las cosas que leo y son de publicación reciente.

Tras una experiencia cercana en el tiempo, empiezo a ver dónde pueda estar la raíz de mi acercamiento a la escritura creativa.

Ya antes me engolfé en un debate acerca del compromiso del creador, en especial, en el caso de quien compone a base de palabras. La música comprometida quizá sea una de las cosas más raras, a no ser que la unamos a la letra, pero, han existido grandes piezas que han reivindicado la realidad de un pueblo ante una invasión, pongo por caso, como es el ejemplo de Nabuco, sin embargo, no me voy a entretener ahora en ello.

El compromiso en el arte es, sin duda, una elección personal que procede del convencimiento íntimo del artista que se siente cuestionado por la sociedad a la que pertenece y trata de dar respuesta a los retos desde su único oficio. Casos ha habido en la historia también en los que además de con el verso o el pincel se han tomado las armas; el caso de Lord Byron, por ejemplo. A mí el compromiso me parece esencial en la obra de arte y este hecho no es compartido de manera general hoy en día.

La pregunta que hoy me planteo tiene que ver pero es concretamente: ¿qué mueve a un artista a escribir? Se podría extender a la literatura, por ejemplo, y recordando a Ramón Gaya, aquello de que escritor es aquel que mira al mundo viendo en el un poema, una novela o un cuento, del mismo modo que es pintor quien mira a su alrededor viendo en ello un cuadro.

Esto me lleva a pensar que, desde mi punto de vista, no se trata tanto de ‘crear’ un objeto que reproduce una realidad, sino más bien de componer un objeto nuevo que responda a la emoción -dulce o amarga- que produce una determinada realidad. Es decir; hacer arte es componer una metáfora extendida que remita a los sentimientos provocados por una determinada realidad. Eso significa, por otra parte que, puesto que el arte es un mensaje que, como todo mensaje, necesita de un emisor y un receptor, lo que cualquier pieza artística ha de provocar es una vibración en el receptor que se asemeje a lo que el emisor ha dejado en el aire o sobre un lienzo.

En este sentido, cualquier medio es potencialmente válido para que se produzca la transmisión de esa emoción y su recepción adecuada que, siempre, inevitablemente, será en algo diferente a la originaria. Es decir, lo que en el espectador provoca es necesariamente distinto a lo que el artista emite, aunque al menos se hallará en una onda semejante.

Dicho todo esto, mi pregunta sigue en pie. Qué hace que alguien escriba, por ejemplo, y yo no sea capaz de apreciarlo. No vale decir que sobre gustos, etc. Porque observo que a mi alrededor hay mucha gente que de manera unánime aprecia aquello que yo desprecio y valora aquello que, a mí, me parece carente de valor.

Sigo dándole vueltas al fenómeno y empiezo a llegar a algo que podría estar en el fondo de esa experiencia que, en definitiva, consiste en ir contracorriente en cuanto a sensibilidad artística.

Las palabras tienen importancia y señalan al meollo de los asuntos. En las lenguas occidentales, – y aquí me voy a ceñir a la poesía como base de mi soledad en el aprecio de lo artístico- a la poesía se la llama así, tomando el término del griego en el que significaba ‘creación’. El término creación implica -salvo en el caso de Dios, claro- que se hace un objeto diferente con materiales ya existentes. Entendida la poesía de este modo se trata, pues, de obtener un objeto que ha sido provocado por un movimiento inspirador y que se concreta en una forma que mezcla materiales de manera hábil, bella o provocadora. De ahí que, de alguna manera, la forma en que se mezclan los materiales sea prácticamente lo fundamental y el impulso inicial, eso que para entendernos llamamos inspiración, queda en un segundo plano, a pesar del papel concedido a las Musas.

Es posible que no  sea esta la intención del artista, pero la lengua por siglos ha llamado así a la poesía, y nadie se ha opuesto, y por tanto ha primado más la forma que lo vibrante en ella y ha construido su propio mito como algo que tiene que ver con un dios que posee todos los registros artísticos y los transmite a unos pocos elegidos a través de las Musas y, estos, como artesanos fieles, les dan forma.

La otra cultura a la que con orgullo pertenezco es sin duda una de las más antiguas, la semita, y que, en mi caso, se concreta en la árabe, aunque sin dejar de lado los rasgos originarios que remiten a la Antigua Mesopotamia o al Mundo Bíblico. Pues bien, en esa cultura la poesía recibe el nombre de si’r (shi`r, con una guturalización de la vocal). Este término significa sentimiento. Ya desde el inicio, el término señala a algo absolutamente inmaterial como pueda ser una vibración, una conmoción interior. De tal intensidad es esa vibración y tan peculiar que sólo se explica porque el sujeto que la siente se halla poseído por un genio. De manera que no son los dioses los que poseen el don y lo reparten a través de las Musas, sino que son unos seres a medio camino entre los humanos y los espíritus, que se caracterizan por su carácter burlón y provocador los que se apoderan de un individuo y, ante la contemplación de la realidad, le hacen verla con una mirada totalmente peculiar, nueva y diferente, a veces cercana a la locura y a veces cercana a lo misterioso e invisible. De ahí que el poeta y el profeta sean dos criaturas que poseen cualidades y llevan a cabo acciones del todo distintas a las del resto de los mortales.

El poeta es, por tanto, en la tradición árabe y semita, un ser que, arrebatado por un genio, sufre una serie de experiencias inefables que, él y sólo él, es capaz de poner en palabras.

Me doy cuenta de que así es como yo veo al artista; como alguien capaz de hacer de una experiencia común a cualquier ser humano algo extraordinario.

Curiosamente y como todo lo que atañe al ser humano, la poesía árabe hasta tiempos muy recientes, no ha sido capaz de desprenderse de las exigencias formales; es decir, se ha visto en muchos casos constreñida por unas formas métricas sumamente complejas y exigentes de las que se ha liberado, al menos en parte, no hace más de setenta años. Aun así, la forma sigue siendo secundaria y el poema se evalúa por la vibración que provoca en el receptor.

Por su parte, la poesía occidental, más proclive aparentemente a innovar en la forma, hasta desposeer a la poesía de sentido y primar la forma, como es el caso del movimiento Dadá o, en otro sentido, llegar a lo que se conoce por ‘poesía pura’, ha dejado de lado en numerosas ocasiones el contenido experiencial y vivencial de la poesía, para dedicarse a los experimentos de vanguardia y, en ello, ha sido más fiel a sus orígenes: crear algo nuevo con materiales viejos, incluso sacrificando esa gran metáfora compartida.

Es como si los viejos genios se hubieran vuelto normativos, mientras que las Musas han enloquecido. No obstante, los genios que subyugan a los poetas árabes permanecen vivos. No estoy tan segura de que las musas no hayan muerto y hayan dejado tras de sí tan solo a los artesanos de las palabras, combinando una y mil veces de distintas formas los mismos materiales que, quién sabe a quién inspiraron en tiempos lejanos.

En ello estriba mi acercamiento al arte, en general. Espero que el artista provoque en mí una reacción semejante, de escalofrío gozoso, ante algo que yo sola jamás podría haber visto de ese modo o, al menos, no habría sido capaz de expresar y el poeta le ha puesto palabras e imágenes para que yo sea capaz de conocer mi verdadera experiencia ante un estímulo. La forma en que lo haga y los materiales empleados me dan lo mismo, incluso valoro las imperfecciones porque, así, no me siento tan lejos de esos seres privilegiados.

No todo lo innovador, formalmente, es poesía. Las ideas prestadas, si no proceden de los genios, no son poesía. Sólo cuando un objeto nos ha poseído de veras podemos decir que hemos tenido una revelación. La poesía es revelación, o debería serlo. En caso contrario, ni vibra, ni hace vibrar y solo es oficio, aunque haya un mayoría que apruebe y prefiera el oficio.

Por otra parte esto no me extraña; es mucho más confortable.