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ADN

Tengo la teoría, nunca científicamente confirmada pero sostenida por la observación de la realidad, de que cuando un individuo o un grupo humano ha estado sometido a una tensión cualquiera durante mucho tiempo, no menos de unos cuantos siglos, su reacción de temor, ira, odio o recelo se convierte en parte de su ADN y se transmite junto al resto de su genética a las generaciones siguientes.

Como digo, esta teoría no ha sido aprobada científicamente, pero tampoco negada que yo sepa.

Durante milenios los varones han salido al mundo exterior, a fuera de la cueva, me refiero, a cazar o a pelear con otros para asegurar la comida o el territorio. A esas misiones iban gritando para ahuyentar el propio terror e infundirlo en sus contrarios. Todos sabemos que cuando alguien grita, aunque no tenga razón, nos sobresalta y nos aturde.

Mientras, las mujeres, en general y durante los mismos milenios, se quedaban en la cueva protegiendo a la prole. No quiere esto decir que ellas no padecieran temor, pues las fieras podían atacar allí mismo, colándose en la cueva. A ellas, sin embargo, no les servía de nada gritar, sino que lo que hicieron fue inventar el fuego que es lo que de verdad sirve para ahuyentar a las fieras, y, dicho sea de paso, para muchas otras cosas.

De modo, que desde el inicio de los tiempos y por lapsos muy prolongados los seres humanos han sentido miedo, pero han reaccionado ruidosamente o en silencio, según su género y esto, acomodado en su ADN, lo han transmitido a sus descendientes, causando estos diversos modos de reacción que aún se pueden observar en la humanidad actual.

Es, por tanto, más frecuente encontrar a bravucones, vocingleros, estentóreos y bocazas acodados en la barra de un bar, en la barbería, en la sala de espera del dentista o en la parada del autobús. Son esos que lanzan palabras despectivas, blasfemias, insultos o amenazas en un tono de voz fuerte, sin dirigirse a nadie en particular, pero para que todos sepan a quién se enfrentarían, caso de que se provocara un altercado. Lo normal es que las personas circundantes opten por marcharse o, simplemente, guardar silencio. Últimamente, ya que la tecnología nos invade, hay muchos de esos vocingleros que usan las redes sociales. Claro que aún queda quien utiliza el viejo sistema del anónimo amenazador.

Lo chocante del momento presente es que estas cosas las haga una mujer. No me cuadra. No es lógico. Claro que hay algo claramente definido por la ciencia y es que el miedo nos vuelve irracionales y eso también se hereda en el interior de los clanes.

COSAS DE LA NOSTALGIA

Ha aparecido un grupo en Facebook de gente nacida en mi ciudad. La mayoría son más o menos de mi quinta y no viven desde hace años en ella, mientras que otros, pocos, son naturales de la ciudad y del país al que pertenece y, en consecuencia, siguen viviendo allí.

Unos y otros suben fotografías de lugares que les resultan emblemáticos; la calle donde nacieron o vivieron, los cines a los que iban, la playa, el paseo habitual, dónde estaba su escuela e incluso la consulta del médico a la que solían acudir.

Como es natural, la ciudad de la que yo me marché hace ya sesenta años, ha crecido y se ha transformado. Sin embargo, al ser una ciudad colonial conserva dos partes muy diferenciadas y, además, dos momentos de expansión muy concretos.

La primera parte y originaria de la ciudad se halla en el interior de un recinto amurallado en el que se pueden contar al menos siete puertas de acceso. A partir de una de ellas se llevó a cabo la primera expansión que data de comienzos del siglo XX. Es esta una ciudad bien trazada, con un eje central que une dos plazas. De la segunda plaza, la más lejana a las murallas, salen de manera radial múltiples calles que a su vez se cruzan y derivan en otras que, finalmente, saltando un gran desnivel, descienden hacia el cauce del río. Además, en paralelo al eje central, se desarrolla una gran cuadrícula de manzanas y calles que descienden escalonadamente hacia el mismo cauce o ribera del río. En mi infancia, no obstante, el río quedaba muy lejos de las últimas construcciones, de manera que casi no teníamos conciencia de su existencia, salvo que fuéramos de excursión al campo.

Cuando había yo cumplido los diez años, aproximadamente, hubo una cierta expansión en unos terrenos llanos que quedaban en la misma cota que el río, pero que, dejando a este a un lado, se dirigían más hacia el suroeste.

La segunda gran expansión que, supongo, se ha ido produciendo en tiempos más recientes; tal vez, los últimos veinte años, pues la ciudad sufrió un período largo de abandono y desamparo, se ha dirigido a completar la urbanización hasta el mismo cauce del río e incluso, mediante la construcción de modernos puentes ha saltado a la orilla más oriental de este. En estas avenidas nuevas, interrumpidas por las consabidas rotondas con fuentes o alguna escultura, se han construido edificios de viviendas de diez alturas que hacen que la ciudad se haya convertido en una ciudad muy moderna pero con ello ha perdido parte de su personalidad.

Los participantes en el grupo de Facebook, como decía, cuelgan fotos de antes y de hoy; así he sabido yo de esa evolución más reciente. Y unos y otros comentan las imágenes reconociendo los lugares o preguntando qué lugares son. En todos los comentarios, se nota que, aunque los participantes se sienten pertenecientes al lugar o, dicho de manera más realista, el lugar les pertenece, el entusiasmo crece en las expresiones acerca de imágenes del pasado, algunas en blanco y negro, mientras que todos se quejan de que los lugares más recientes, no les dicen nada y recuerdan las huertas que había allí o alguna casita aislada, o un lugar a donde iban de excursión.

Lo mismo ocurre con las zapaterías, los ultramarinos, las tiendas de telas o los estancos, los bares y otros locales bien conocidos. En cambio, los modernos hoteles o los nuevos negocios establecidos en esos locales no despiertan ningún entusiasmo.

A mí también me pasa y me siento, en ello, muy identificada con mis contertulios virtuales. En realidad, y aunque no tengan una relación directa conmigo o mi familia, las imágenes que me interesan son las que tengo en la memoria. Las otras, las que no recuerdo porque jamás las vi ni las viví, no me dicen absolutamente nada. Las miro, constato los cambios, incluso algunos me parecen fantásticos, pero no me conmueven, ni me producen el menor movimiento de nostalgia, ni siquiera el deseo de ir a verlos.

Yo quiero volver a aquella realidad que solo está en mi memoria y que, como tal, solo existe en mis recuerdos, porque ni siquiera las zonas que yo conocí y paseé son ahora iguales a como lo eran entonces. Por poner un ejemplo; mi casa, donde nací, estaba pintada de un suave color crema. Se ve que una ordenanza municipal ha decidido pintar todas las casas del ensanche de blanco, con lo que la fisonomía de aquel edificio ha cambiado.

También he cambiado yo y por eso tolero sus cambios como tolero mi vejez. Sin embargo, soy consciente de que la imagen de mi ciudad, la que amo, es aquella que constituye parte de mi historia. Mis contertulios y yo estamos hermanados en las imágenes que llevamos en la memoria y que, simplemente, son convocadas por el estímulo de una vieja fotografía. En realidad, no estamos mirando la foto. Estamos mirando dentro de nosotros.