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UN CUENTO

Pongamos que os cuento un cuento. Suponed que somos los padres de un par de adolescentes que han entrado en esa edad en la que los chicos se creen con derecho a todo, pero en la que no tienen intención de hacerse cargo de ninguna responsabilidad. Por supuesto, ellos no lo saben, pero están respondiendo a un patrón compuesto de hormonas, incertidumbre, miedo y ansias de ser diferentes, al tiempo que se comportan como los cientos de millones de adolescentes que hay y ha habido en el mundo. Por ello, discrepan de sus padres, es decir de nosotros, y, sin embargo, son absolutamente gregarios en la manada que forman con sus iguales. Todo ello les hace sentirse distintos y originales.

Para manifestar de manera radical su diferencia, simplemente, se oponen a acatar cualquier norma, orden o sugerencia. No importa que haya sido dictada con severidad o en plan conciliador y, cuando se les pregunta si van a seguir comportándose así eternamente (ellos no saben que eso se les va a acabar con el simple paso del tiempo) se reafirman y juran que siempre van a ser así; pues de lo que se trata es de ser libres. Pueden tener, no obstante, otra reacción que consiste en poner una mirada nebulosa, como congelada, que no se fija en ningún punto, siempre que sus padres, es decir nosotros, nos acercamos a reconvenirlos o a hacerlos entrar en razón.

Como todo el mundo sabe los hijos no son propiedad de los padres, aunque haya quien lo crea y se empecine en dictar severas normas que se han de cumplir de todas todas. Lo que los hijos son es una responsabilidad de los padres que no se acaba con la edad adulta de estos, pero que se manifiesta de forma evidente, cuando son adolescentes. Claro que uno los puede echar de casa, los puede mandar a un internado; los puede castigar a no ver la tele, a no jugar con las maquinitas u obligarlos a que terminen el bachillerato. Pero, eso no arregla nada. Ellos tienen que pasar la fiebre y cuanto más cerriles seamos, más cerriles se volverán. Al final del enfrentamiento, lo que se descubre, es que sin duda esos adolescentes son de nuestra sangre, se parecen a nosotros muchísimo y no podemos renegar de ellos, sin estar renegando de una parte de nosotros mismos. En cuanto ellos maduren, si sabemos darles una salida temporal que les haga pasar con dignidad esta etapa difícil de sus vidas, agradecerán todo lo que hicimos al no dejarlos solos y abandonados; al no permitir que se fueran por ahí, sin saber a dónde acudir. Comprenderán que con quien están mejor es con nosotros y hasta agradecerán parecerse a nosotros. Entonces es cuando sabrán poner en valor la diferencia que los hace únicos e individuos originales.

Eso pasa con el nacionalismo. Es una fiebre por la que pasan los pueblos por razones hormonales y por la inseguridad en que se sienten: No nos valoran lo suficiente. Nos miran con ojos vidriosos, no hacen caso y no razonan. Bien, el paralelismo es claro. Ellos no saben leer los signos de los tiempos. No quieren darse cuenta de que las fronteras se diluyen, de que las identidades son cambiantes, de que ocupados en sus ensoñaciones de libertad están descuidando la realidad en la que viven. Se creen en posesión de la verdad sin matices y si no alcanzan sus deseos, entonces es culpa de los demás que los maltratan, los ningunean, no les atienden como es debido.

Cuántos años lleva Cataluña sin ser gobernada, sin que se dedique tiempo a las necesidades de la ciudadanía, sin que se recuperen las industrias y empresas que huyeron de una gestión caótica y cerril. No puedo dejar de verlos como adolescentes inmaduros que esperan que con su supuesta rebeldía se les abran los cielos, los mares y la tierra.

Por supuesto que han contravenido las normas y de manera grave, es cierto que a algunos se les ha juzgado y se les ha sometido a penas de prisión, es cierto que sería una especie de burla el perdón, la amnistía o el indulto. Se dice que no se arrepienten, que no muestran propósito de la enmienda. Pues claro. Ningún inmaduro afirma de buen grado ‘no lo haré más’.

Los que creen en la Patria, en un territorio nacional, en una ciudadanía con una identidad definida y única, no se dan cuenta de la contradicción que supone pensar que esos no pertenecen a su patria y a su identidad. Da igual que ellos digan que son diferentes. Son de aquí, son de la familia, como los adolescentes, y más cuando muchos llevan nombres que indican claramente su origen. Siendo generosos e indulgentes no garantizamos que vayan a reflexionar, que se vayan a dar cuenta de que los aceptamos, que los queremos, que nos importan, pero si la alternativa es someterlos a más violencia, mandar al ejército, encerrarlos de por vida, entonces el mensaje será claro: No me quieren, ya lo decía yo y, en ese caso, mi única posible defensa es seguir siendo un adolescente.

La labor de un gobernante es estar por encima de ese sarampión adolescente y buscar la concordia, la integración. Quien piensa que es solo una estrategia para aferrarse al poder es que ve la política de ese modo y no piensa ni por asomo en el bienestar de los que padecen.

¿Qué padre niega el sufrimiento de sus hijos adolescentes? Y esto no es política paternalista. No. No vayan por ahí que se equivocan. Es humanismo. Es reconocer en el otro lo que nosotros mismos somos. Como con los inmigrantes. Solo con la concordia podemos reclamar concordia.

LA COMPOSICIÓN

Cualquier composición es compleja, como su propio nombre indica. Porque, sin duda está formada por diversas materias, cuestiones, temas o motivos y, todo aquello que contenga dos o más elementos, ya resulta difícil de manejar. Pero, si hay una composición delicada y extremadamente dificultosa, esa es la de la página de un diario.

Todos los medios de comunicación impresos, y hasta los digitales, se ven en la necesidad de organizar su espacio entre los textos de la pura noticia nacional o internacional, y los textos de opinión, o los de economía y, no digamos, con aquellos que son mera publicidad. El cimiento sobre el que se asientan los medios.

Hay que hacer una carrera universitaria y arrimarse luego a una redacción para coger oficio suficiente y enfrentarse con soltura a la página en blanco. No es tarea simple, ya que las noticias y los comentarios, las fotografías o las viñetas de propaganda o de humor son, por su propia naturaleza cambiantes y, por mucho que se empeñe el compositor, el espacio que ocupan es distinto y tiene un valor diferente.

Por eso, en los diversos diarios de tirada nacional, incluso en los de tirada comarcal o regional, se suele establecer de antemano un reparto del espacio a fin de facilitar tan compleja tarea. Así, las noticias relevantes van en portada, como es sabido y las que son más o menos curiosidades van en la contraportada. Es decir, mientras que la portada suele ser sustancial, la contraportada suele ser accidental, por ponernos aristotélicos.

Sin embargo, hay veces en que lo trascendental aparece de verdad en esa página miscelánea de contraportada. Eso sucedió, a mi modo de ver, el 16 de abril pasado, en el diario El País. En la contraportada de ese periódico, aparece normalmente una columna de opinión de autor fijo para cada día de la semana y un artículo o información de carácter indefinido y que podríamos calificar de curiosidad, a medio camino entre lo insólito, lo novedoso, el hallazgo o el simple relleno.

Pues bien, en ese preciso día, aparecían los consabidos espacios de la noticia intrascendente y la columna de Juan José Millás, que, generalmente, no es ni simple

ni intrascendente ni de relleno. El primero de los textos, respondía al titular: Un terremoto paró el tiempo, otro lo resucitó y lo enviaba una corresponsal en China, llamada Macarena Vidal Liy. El otro, como digo de Millás, llevaba por título Sigo vivo.

Ya en el título de ambos había una cierta conexión; vida/muerte/resurrección. Ninguno de ellos asuntos baladíes. Millás comenzaba preguntándose por el sentido de la vida y se preguntaba que si pagar el IRPF, el IBI, acumular puntos en la tarjeta de la gasolinera, pedir la vez en la cola de la casquería o buscar ofertas en el supermercado, entre otras actividades comunes, constituían la esencia de la vida. El autor llegaba a sus propias conclusiones. Sin embargo, era en el otro texto donde estaba la respuesta a sus interrogantes vitales.

En ese texto se contaba cómo un monje budista japonés, cuyo monasterio había sido afectado por el terremoto y posterior tsunami de Fukushima en 2011, había rescatado de los escombros un reloj centenario que, afectado por el sismo, había dejado de funcionar.

El monje intentó sin éxito repararlo, aunque, a pesar de que no funcionaba, lo colgó de nuevo en una pared. Diez años después, otro terremoto le devolvió la vida al reloj y el monje sorprendido vio cómo seguía incansable, marcando las horas y los minutos.

A consecuencia del terremoto, el convento budista de este monje había estado a punto de cerrarse y la situación de pandemia había agravado aquella situación. Pero la puesta en marcha del reloj centenario fue interpretada por el joven monje como una señal para ponerse de nuevo en movimiento y terminar los trabajos de reconstrucción y relanzamiento de la comunidad monacal en servicio a sus conciudadanos.

Ahora que cada cual saque sus conclusiones acerca de qué es la vida.