Que vienen los turcos

Poco tiempo después de la caída de  la Unión Soviética y la subsiguiente del muro de Berlín, en Alemania, intelectuales dedicados al estudio del Mundo musulmán empezaron a preocuparse por el futuro de las recientemente  emancipadas repúblicas turco-islámicas.

En aquel entonces y algo después también, Turquía pretendía  formar parte de la Unión Europea y uno de los argumentos de estos intelectuales para rechazar su candidatura era, entre otras cosas, las dudas que les suscitaban los posibles vínculos de la ‘madre’ Turquía con  aquellas repúblicas que habían estado aisladas e ignoradas bajo el peso de la Unión Soviética.

La serie de ajustes que exigía a Alemania la recuperación de la República Democrática y, sobre todo, el coste económico que suponía, era uno de los argumentos para frenar las aspiraciones de Turquía. A eso se sumaba que si esta nación arrastraba a sus hermanas en  la creación de un gran mundo turcómano; una especie de nuevo Imperio otomano, dado el nivel económico y de desarrollo de casi todos esos países, el coste que debería sufrir la UE para acogerlos sería inmenso. Pero, además, supondría la incorporación a la Unión de muchos millones de habitantes que no solo no pertenecían a la cultura europea ni por lengua, hábitos, ni religión, sino que se moverían por ella buscando trabajo, ya que las condiciones de sus países eran en algunos casos terribles. A este complejo panorama se sumaba, por otra parte no menos importante, la realidad de que los gaseoductos de Rusia pasaban por esos territorios y podrían constituir, si esas repúblicas se apartaban del todo de la tutela rusa, un problema para abastecer a buena parte de los países occidentales, el más significativo de ellos la propia Alemania.

A comienzos del siglo XX, se produjo un gran genocidio, no siempre admitido, como fue el del pueblo armenio y que provocó su dispersión por Oriente Medio y el resto del mundo. Armenia fue una de las Repúblicas que emergió tras la caída de la URSS. A diferencia de sus vecinas, nunca perteneció al mundo turco, ni por lengua, ni por origen ni por religión. Más bien siempre supuso un enclave problemático para los intereses otomanos en su momento y, posteriormente, para los de los turcos, que siempre desearon una patria uniforme y con pocas intrusiones de elementos que no fueran turcómanos. Este hecho explica en parte su inquina contra los kurdos, por ejemplo.

En los últimos años, Turquía, en su deriva ‘islamista’ ha querido además convertirse en la gran potencia del Oriente Próximo. Ya que no la dejan formar parte de la UE, al menos quiere ser el referente del mundo musulmán de la zona, desbancando a Arabia Saudí y frenando el poder de Irán, dejando de paso en la cuneta a otros de los grandes actores de la zona; Siria y Egipto, que, bien ayudados, han conseguido suicidarse, sin que se note la larga mano de otros intereses.

De este modo, Turquía, de manera solapada y con una apariencia de democracia, está consiguiendo tener un papel preponderante en Oriente Medio, pero sin dejar su otra parte del sueño; ser la cabeza de la turquidad.

La actual guerra en Nagorno-Karabaj, entre Azerbaiyán y Armenia, no es más que un brote de este amplio y complejo conflicto, en el que la UE tiene las manos atadas en buena medida, como las tenía en su momento, cuando aquellos intelectuales señalaban a este peligro turco, en razón del gas y de la avalancha de población que puede desbordar más aún las fronteras de la UE.

Si a este panorama sumamos la realidad de que en China muchas de sus regiones tienen características semejantes a Azerbaiyán, como es el caso de los Uigures, quienes, a pesar de los traslados de población y las repoblaciones con otras etnias, están siendo perseguidos por ser turcos y musulmanes, podemos darnos cuenta de que cualquier postura que se tome puede ser interpretada desde China como una provocación. Ya sabemos cuáles son los intereses de Europa en China; esa cantidad de población dispuesta a consumir  todos los bienes que les podamos suministrar: desde los churros hasta la carne de cerdo.

El oscuro panorama que se revela explica, además, las actitudes poco claras del líder ruso que a ratos parece compadecerse de los armenios y a ratos parece inclinarse por los azeríes. Él también juega su juego de potencia arrinconada y que trata de encontrar su lugar en el juego mundial.

Armenia que de haber sido un gran imperio y una gran cultura, se ha convertido en un retalito en el mapa, corre el riesgo de ser eliminada del todo y no importará lo más mínimo que el Arca de Noé se posara sobre el monte Ararat. Así que prestemos atención a esa chispa que se enciende periódicamente en Nagorno-Karabaj porque puede ser la señal de un incendio mucho mayor.

 

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