Llega el fin de  año (2020)

Por supuesto este año esta siendo denostado por todos y cada cual espera que, al cruzar el umbral y entrar en el 21, las cosas cambien y se prepare un escenario diferente que compense por todas las tribulaciones que nos ha hecho pasar 2020.

Cuando llegan estas fechas, suelo hacer balance de como ha ido el año, pero, en esta ocasión quiero hacer una valoración más amplia. Desde hace bastante tiempo, tengo la sensación de que este siglo, el siglo XXI, está repitiendo muchos de los errores que ya se cometieron en los inicios del siglo XX. Es como si de nuevo hubiera que hacer caer al Imperio Otomano, aquel decadente sistema que regía a un conglomerado de pueblos y naciones sometido a un uniforme, que no le venía nada bien, y que ignoraba el peso de la cultura y la historia de muchos grupos humanos que aparecían confundidos y borrados bajo su pabellón.

Al observar al actual Oriente Medio en el que Turquía, Rusia, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos se disputan la hegemonía local o echan un pulso para la hegemonía global, se me vienen a la cabeza las tensiones entre las potencias europeas de aquellos años del siglo XX y su empeño colonial, secundado por los Estados Unidos y la Rusia de los zares. Aquello acabó con una era y estableció el inicio de otra que, finalmente, se ha frustrado sin ninguna duda. Prácticamente los mismos actores, jugando un juego casi idéntico y haciendo sufrir de igual modo a los descendientes de aquellas otras víctimas. Árabes de diversas zonas -Siria, Líbano y Yemen, por ejemplo- y armenios de Nagorno-Karabaj, más los olvidados curdos y los palestinos, siguen sufriendo por su tierra, por su vida, por su futuro y por sus hijos, sin ver más salida al túnel que ir a morir a las aguas del Mediterráneo, acogidos por el resquemor o la indiferencia del mundo occidental. Todo esto lo contemplo desde hace algún tiempo con dolor y cierta desesperación por ser consciente de que estamos repitiendo una historia que no conduce a ninguna parte.

Sin embargo, a mi contemplación y análisis de la realidad presente se le escapó la posibilidad de que coincidiera también, un siglo después, una plaga como la gripe del 18. La medicina ha avanzado tanto en los últimos años que parecía, a pesar de algunas historias apocalípticas de ficción, que jamás habría una enfermedad que no se pudiera erradicar. Es cierto que el cáncer sigue siendo una plaga. Pero también es cierto que se ha conseguido curar en muchos casos, paliar en otros y en bastantes minimizar con una cierta calidad de vida de los enfermos. Es también verdad que el VIH hizo estragos y parecía algo sin remedio, pero se ha conseguido atajar y, aunque hay contagios, no supone ya una sentencia de muerte segura.

La presencia entre nosotros de este nuevo virus que, por otra parte, era bien conocido de los investigadores y epidemiólogos, ha supuesto un control sobre las sociedades y un confinamiento, ya admitido por muchos de nosotros como voluntario, que nos sitúa en el papel de una sociedad sitiada por un enemigo que no se ve. De una sociedad que se creía libre y dueña de sus destinos, nos ha transformado en una sociedad escondida tras los muros de su propia casa; una sociedad temerosa del contacto con el vecino, el amigo, el familiar; una sociedad que reclama a gritos los besos y los abrazos, pero que no es capaz de romper esa barrera de la distancia porque tiene miedo y con razón.

Algunos, que no merecen sino desprecio y rechazo, ante la experiencia llegan a afirmar que ‘sin tomarse la cervecita en el bar’ no pueden vivir.

Muchos, ante esta experiencia dolorosa y temible, se han dado cuenta de la fragilidad del ser humano; cosa que siempre ha sido evidente, quizá no tanto en el mundo llamado civilizado, pero cotidiana en el tercer mundo, en el que la violencia, los abusos o la pobreza son hechos diarios y muestran la nonada de las personas.

Otros tantos han descubierto la incertidumbre. Otro rasgo más que evidente de la condición humana que podíamos ignorar, cifrando nuestra seguridad en los bienes, las posesiones, la tecnología o, simplemente, en nuestra soberbia. Este virus, nueva Torre de Babel, no solo ha diversificado nuestros lenguajes, sino que nos ha dispersado por la tierra, convirtiéndonos en enemigos unos de otros. Por eso, resulta significativo que se hagan tantos llamados a la solidaridad, al aplauso de los que cumplen con su obligación. En el fondo, cada uno de nosotros quisiéramos encontrar el escondite perfecto y escapar a esta amenaza.

Pero y a pesar de todas estas reflexiones que oímos en tertulias o leemos en diarios o incluso en libros de muchas páginas, no damos pasos hacia adelante y, en la cortedad de nuestras miras, andamos a la greña en cuestiones domésticas de índole menor. Cuando comenzó la pandemia, los gobiernos de las autonomías reclamaban para sí el derecho a gobernar el terror que se estaba produciendo y el Gobierno central tomó las riendas e impuso durante meses, no sin un gran esfuerzo, un único mando y una única norma de actuación. Ahora en que la cosa ha cambiado y son las autonomías las que rigen y toman decisiones acerca de cómo y de qué modo han de comportarse sus ciudadanos, muchos reclaman que sea el Gobierno central el que tome las riendas. Si no fuera porque produce una infinita tristeza contemplar ese nefasto espectáculo, sería para no parar de reír. Es solo el botón de muestra de que todo vale para estar en contra del Gobierno. Ese al que algunos desaprensivos y mala gente se atreven a llamar social-delincuente, mostrando la falta de respeto monumental que sienten por sus conciudadanos que lo han votado. O aquellos otros que, como ya he dicho en algún otro lugar me recuerdan al loco del pueblo de mi padre, que quieren fusilar a la mitad de la población porque no comulga con su afición al autoritarismo, a las dictaduras, al fascismo y a la arbitrariedad. Son los cargados de la razón de la violencia que posiblemente lamentan y añoran seguir teniendo el sable por la empuñadura, aunque los achaques les hagan temblar el pulso. Dicho sea de paso ¡qué vidas desperdiciadas! Cuanto más ancianos somos, se espera que seamos más sabios y, sin embargo, estos se han vuelto más necios de lo que ya eran. ¡Una pena!

Es evidente que deberíamos hacer un gran esfuerzo para acercar posiciones, para buscar el entendimiento y para planear un futuro en el que los fallos que se han puesto de manifiesto por esta maldición del virus fueran subsanados, pero no. No estamos por la labor. Valga como gesto simbólico el hecho de que partidos como Vox, PP y Ciudadanos alienten manifestaciones contra la Ley de educación promovida por la Ministra Celáa.

Después de haber dinamitado la gran reforma que se hizo a partir de los años 1983 y siguientes, con la implantación de la LOGSE y de la Ley de Reforma Universitaria (LRU), promovidas en el Gobierno de Felipe González por el Ministro Pérez Rubalcaba (dbm), y de haber padecido el despropósito de la Ley Wert en los últimos años, después de haber dejado en mantillas a la educación pública, a la investigación y la docencia universitarias, ¿cómo se pueden sostener argumentos como el de que ‘se impide a los padres escoger centro’ y ‘se persigue a la concertada’?

Cuantos de los ciudadanos que vociferan en las calles con sus bocinas al viento han leído la propuesta de ley. Con qué desfachatez se argumenta que la ignorancia de nuestros jóvenes procede de una ley que aún no ha entrado siquiera en vigor. Eso se permitía decir un ‘ilustre’ escritor oportunista y académico en un artículo reciente que corre por las redes, contraviniendo la más elemental de las lógicas.

Estimados amigos de denigrar al gobierno de centro izquierda que nos gobierna porque muchos así lo han querido, sean más respetuosos con sus conciudadanos y no los insulten sembrando el odio, el único sentimiento que, al parecer, les sostiene.

Voy a hacer un poco de abuelo Cebolleta, aquel viejo personaje del TBO que recordaba sus batallitas pasadas. Yo aprobé el ingreso de Bachiller con nueve años, ante un tribunal de tres profesores, mediante pruebas de lengua (un dictado sin faltas de ortografía; tres eran eliminatorias), con una prueba de matemáticas de una división por varias cifras; una prueba oral de lectura y otra de geografía física de España. Luego hice dos reválidas; con 13 y 15 años y un ingreso a la Universidad también ante un tribunal, con prueba oral de idioma a los 16. He estudiado dos carreras de Filología, he hecho un doctorado, ambos refrendados con tribunales de tres y cinco personas, y finalmente, hice oposiciones para obtener una plaza en la Universidad, donde he ejercido por casi 40 años. He visto como se deterioraba el conocimiento de mis estudiantes, a partir de finales de los años 90, para ir galopando, salvo honrosas excepciones, hasta el año 2009 y siguientes. Dejé, por fortuna, anticipadamente la Universidad para pasar a una activa jubilación harta de la indigencia de conocimientos de mis alumnos y cuando me di cuenta de que solo a los de doctorado los toleraba porque tenían un mínimo de solvencia intelectual.

A mi modo de ver, el deterioro de la formación de los estudiantes procede de dos hechos concretos y de un tercero discutible. (Hay otros más, pero no quiero alargarme demasiado)

1.- El primero de los hechos se produce cuando las antiguas escuelas Normales se transforman en escuelas universitarias de magisterio hacia los años 70. Veinte años después, por la ley promovida en el 92 se convierten en Facultades de Educación; confundiéndose la labor del maestro/a, con la del pedagogo.

2.- La segunda causa procede del sistema de acceso del Profesorado de primaria y secundaria a la carrera docente. Las plazas, salvo excepciones, se obtienen por la antigüedad y no por los conocimientos demostrados en los exámenes. No obstante, los llamados ‘aprobados sin plaza’ entran en una cartera de empleo que les garantiza el ejercicio docente por tiempo ilimitado, hasta que consigan una plaza fija. Así, cada dos años se presentan a las oposiciones que se convocan, siempre con menos plazas de las que se necesitan y con el temario preparado a medias (a ver si cae la que me sé). Todo esto los quema y decepciona, o, por lo menos, no los estimula en absoluto.

3.- La tercera de las causas ha sido la masificación universitaria y la prolongación de la vida escolar; estabulación de jóvenes. En la Ley Rubalcaba, con buen criterio, se encaminaba a los jóvenes a encauzarse en la FP pero, a pesar de la intención y el espíritu de la ley, pronto la FP se convirtió en un aparcadero para ‘tontos’. El desprestigio de esta vía de formación de titulados medios, los que más demandan las empresas, alentó a muchos a evitar esa vía y decidirse por carreras universitarias de larga duración cuyas salidas, como es natural, son menos. Así tenemos el panorama de titulados superiores ejerciendo de cualquier cosa, menos de aquello para lo que se formaron, y muchos otros puestos de trabajo cubiertos por mano de obra no cualificada. Esta se forma, como en los viejos gremios de oficios, al calor de un ‘maestro’.

La frustración de unos y otros es evidente. Si alguno de esos titulados ejerce como docente, es fácil comprender que lo haga desde la insatisfacción y sin vocación. Nada que ver con los viejos profesores de la escuela Normal o del plan 57.

Solo en este asunto, el de la educación, hay mucha tela que cortar y no es lo más importante ‘escoger centro’ o si los hijos son de los padres o de quién. Pero si miramos a la sanidad, a la vivienda, a la ordenación del medio, al reparto de los recursos hídricos, a la conservación del medio ambiente, a la estructura de algunas instituciones, al funcionamiento de la empresa, al estímulo a las inversiones y la creación de empleo, y a vacunarnos en cuanto nos llamen, hay mucho que hacer en el 2021 para borrar lo malo acontecido y permitirnos pensar que el futuro será mejor.

Si cada uno en nuestro rincón somos capaces de cumplir con lo que realmente importa, dejaremos de repetir lo que ya ocurrió en el siglo XX y nos ha traído hasta aquí de fracaso en fracaso o, lo que es peor, de falso logro en éxito banal.

Dios tenga en su gloria a los que este maldito virus se ha llevado y bendiga a los que cuidaron de ellos con fatiga y medios escasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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