LOS HÉROES

Una noticia, de esas que aparecen en las esquinas olvidadas de los periódicos, se refiere a la disputa generada por un cambio de los nombres de algunas calles. Concretamente el debate se ha fijado en los nombres de Gravina, Topete y Churruca. Estos nombres se refieren en primer lugar a almirantes de esos de los que habla Galdós en sus Episodios nacionales, que este año conmemoramos especialmente, – me refiero a los escritos de Galdós-  y que se significaron en la lucha, en época de Napoleón, contra la flota inglesa, con bastante mala fortuna, ya que murieron, al menos dos de ellos, por las heridas sufridas en batalla. El debate se produce porque en la Guerra civil se usaron navíos de guerra con esos nombres gloriosos de más de un siglo atrás, y se discute si formaron en la armada de la República o en la del golpista.

Así pues, los argumentos son que, si los nombres se refieren a los marinos, pueden pasar, pero si se refieren a los barcos eso ya no es tolerable. Este punto no es fácil de dilucidar y, por tanto, la polémica viene a ser casi irresoluble. Pero, contraviniendo lo que recomienda la sabiduría popular: “en caso de duda, abstenerse”, los munícipes han eliminado del callejero dichos nombres por más que correspondan a héroes que casi podrían equipararse a Viriato o Aníbal, pongo por caso.

La laica y democrática Francia, por su parte, en cuya historia más o menos reciente, según se mire, figura un individuo que encarna la mayor traición al espíritu de su tiempo. Un personaje advenedizo que toma el poder, somete a su patria a una terrible sangría y, finalmente, es encerrado en una isla para que purgue su deshonor.

A estas alturas creo que todo el mundo habrá adivinado que se trata del célebre Napoleón, que no solo machacó a su patria, sino que se burló de la Revolución, de las clases aristocráticas, del pueblo y de la monarquía y tuvo la desfachatez de someter a sangre y fuego a toda Europa y a la historia de su país a un Imperio de usurpación, que sólo pudo ser frenado por el frío invierno del Imperio ruso.

Esto último lo sabe también todo el mundo, no ya por los libros de historia o la novela de Tolstoi, que tiene demasiadas páginas, sino por la cinematográfica, Guerra y paz,  de la lindísima Audrey Hepburn y del Mel Ferrer de siempre, entre otros.

Pero, en la dulce Francia, a este caballero lo enterraron con honor en Los Inválidos; el Arco de la Estrella, fue dedicado a todas las batallas que provocó, las ganara o no, pues allí figuran Bailén, Zaragoza y otras que todos aprendimos en la escuela que las ganaron o las mujeres o los garrochistas andaluces.

A nadie jamás se le ha ocurrido borrar su nombre, quitar sus retratos, sus estatuas o realojar sus huesos. Fue un vándalo en cuyos ejércitos murieron miles de hombres de forma poco gloriosa, pues la mayoría perecieron de hambre y frío, dejando sus huesos en las tierras heladas del este del continente. La falta de hombres hizo que la economía francesa se recuperara muy lentamente durante años y cediera su puesto en el concierto de las naciones a Inglaterra. En fin que este señor fue un desastre. Pero nadie lo ha borrado de la lista. Fue mucho más pernicioso para su tierra y para el mundo que lo pudieran ser Churruca o Gravina e incluso algunos otros.

La memoria histórica consiste precisamente en no borrar la memoria de nadie, contar quienes fueron, qué hicieron, cómo unos u otros utilizaron su nombre, su prestigio o su poder para reivindicar su propio interés. Hacer lo contrario se llama desde antiguo damnatio memoriae, es decir, mentarles la madre, pero en latín que es más fino y raspar sus nombres de los cartuchos en las pirámides egipcias o tirar sus estatuas en las puertas de Nínive. Así que aquí aún andamos por el tercer milenio a. C.