RECICLAJE

Como ocurre con muchos jubilados, ahora veo más televisión que cuando era joven. No es que me haya vuelto adicta a la caja tonta, es que ahora no tengo que salir corriendo a dar clase después de comer, sino que puedo practicar ese incómodo modo de hacer una siesta, con el cuello torcido en el sofá, mientras me arrulla la voz de un o una locutora.

No es la mía una actividad original, hay quien se dedica a los documentales de vida salvaje, quien a los de las grandes construcciones de la antigüedad; ya sabéis, el Mausoleo de Halicarnaso, los Jardines de Babilonia o el Faro de Alejandría; otros ven deportes o proezas bélicas. Yo, como se me ha reprochado cuando describo interiores en mis relatos, siempre he sido aficionada a la decoración y a las reformas de casa. No por el mero hecho de cambiar, sino porque las casas deben transformarse a medida que se transforman sus moradores. Bien, justificada esta afición mía que es bastante incomprendida, pasaré a lo que iba.

En lugar de esos programas que he referido, a los que se podría añadir las novelas y culebrones interminables, a mí me da por los programas de rehabilitación de viviendas (como es natural). Hay un ciento de ellos en muchas cadenas y no todo el mundo se atreve a confesar que los mira con deleite. La mayor parte de estos episodios duran una media hora o algo más y se refieren a lugares de los Estados Unidos o de Canadá. Los hay que se dedican al rescate de casas en muy mal estado, saneando de paso los barrios; los hay que reparan una casa para venderla mejor, mientras a los propietarios les buscan otra casa que resuelva sus necesidades; otros simplemente les arreglan la casa con el fin de que se queden en ella y no se muden.

En todos estos programas, los contratistas tienen el empeño de rescatar los elementos que señalen a la antigüedad de dicha vivienda, de manera que no son partidarios de tirarla abajo y hacer una de nueva planta en su lugar. Como las más antiguas de estas casas proceden de comienzos del siglo XX -ya sabemos que estos países son de reciente creación- pues, muchas veces, todo lo más se puede rescatar un montante de cristal emplomado, un trozo de yeso con un papel pintado encima o una ménsula que sujeta el voladizo del porche. Los responsables de la restauración, haciendo gala de mucho ingenio, transforman esos objetos en un cuadro, una mesa para el café, un adorno que llena una pared o mil y un objeto más.

Muchos de los elementos que se rescatan son antiguos sanitarios; lavabos y bañeras, sobre todo. Proceden entonces a esmaltarlos de nuevo, les acoplan una grifería que imita antiguo o incluso llevan la grifería estropeada y roñosa a niquelar de nuevo. Los viejos muebles de cocina en los que se guardaba la masa del pan, o en los que se echaba la harina para cerner y reservarla, se repintan, se les añaden algunos detalles de latón y vuelven a formar parte de una cocina de ‘open concept’, que es lo que se lleva, pero con un toque ‘vintage’, que es también la tendencia.

Los azulejos viejos, los ladrillos, que se sustituyen por planchas de cartón enyesadas, se recuperan para ponerlos en el jardín, o bien se dejan en su lugar y reciben una mano de cal o de barniz que los preserve. El lema es: Dar una nueva vida a elementos que remiten a la historia del lugar.

Resulta que, por años, nos han estado convenciendo de que era mejor la formica que el mármol y estos restauradores se inflan a poner ‘carrara’. Nos han dicho que las bañeras de patas de garra eran un horror y ahora resulta que no solo las imitan, sino que rescatan las viejas y allá que las ponen en lugar prominente, marcando estilo.

Ahora, hasta los modistos se han dado cuenta de que hay que reciclar ropa, cosa que nuestras madres hacían a la perfección. Incluso se ofrecen a arreglar las prendas que te vendieron hace tiempo y que no hace tanto te invitaban a tirar y sustituir. Se ha acabado lo de usar y desechar.

Nos tienen que reeducar, precisamente, los que nos convencieron de que lo ‘moderno’ era cambiar, derribar y sustituir; mientras que, los que carecen de poder adquisitivo se tienen que conformar con consumir ropa y enseres de usar y tirar, porque son los que no cuestan caro. En cambio, lo de reciclar, sale por un ojo de la cara, en dinero, espacio, esfuerzo y te hace depender de un artista ‘reciclador’. Hemos perdido una habilidad que tenían nuestras madres y nuestros padres, ahora tardaremos años en recuperarla, si es que lo conseguimos. Mientras, alguien se estará haciendo aún más rico.