UN ERROR CONCEPTUAL

En el periódico El País de ayer, 23 de marzo de 2021, aparecía un artículo de Juan José Tamayo en cuyo título figuraba el término ‘Cristoneofascismo’, tildándolo de ‘nueva religión’.

Esa terminología, como persona creyente cristiana, me ofende, pero me ofende más por imprecisa e impropia de quien es un reputado teólogo, profesor universitario y titular de una cátedra de Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid durante años.

Me une una antigua amistad con JJ Tamayo, a cuyos cursos he asistido alguna vez, con quien he intercambiado opiniones y compartido inquietudes como Directora del IU de Ciencias de las Religiones de la UCM y como miembro fundador de la SECR (Sociedad española de Ciencias de las religiones), instituciones con las que Tamayo ha colaborado a plena satisfacción, por tanto quisiera que esta discrepancia se quede en el estricto terreno de la aproximación al estudio de las religiones, de la función del docente y de la responsabilidad que conlleva.

No existe ninguna nueva religión que pueda ser denominada Cristoneofascismo. Esta es una afirmación categórica que hago y responde a una serie de elementos que son una constante en la Historia humana y en la Historia de las religiones, incluidas aquellas que, en algún momento, han sido religiones de Estado o han sido acusadas de llevar en su esencia una indisoluble relación con el poder y con ideologías políticas.

Por contrario, muchos movimientos, que pretendían y pretenden el acceso al poder, se han revestido de lenguaje religioso de uno u otro signo o han maniobrado estratégicamente para apoderarse de la seña de identidad de lo religioso, para aumentar el número de sus seguidores y adeptos. Los nacionalismos, los movimientos ultraconservadores, entre ellos, los fascismos, han hecho ese camino. Suponen los dirigentes de estos movimientos que alcanzan una mayor legitimidad, sobre todo moral, si se apoyan en lo religioso.

Con frecuencia estos movimientos de carácter político han atraído a su seno a movimientos puristas y fanáticos dentro de las religiones; esos que niegan la presencia de la diferencia o rechazan la libertad de conciencia. Estos movimientos fanáticos se convierten en los detentadores de la VERDAD; la suya, y en ello se asemejan como una gota de agua a otra a los fascismos que pretenden algo muy semejante. Unos y otros consideran que alcanzarán mayor influencia y por ende el poder gracias a estas alianzas.

En el caso del Cristianismo, cuya esencia es la enseñanza de Jesús de Nazaret recogida en las cartas apostólicas, en los evangelios y en el testimonio de las primeras comunidades de seguidores, no existe ningún elemento que incline a pensar en un intento de ejercicio del poder, ni de creación de una corriente política.

No existe en su seno adoctrinamiento excluyente, sino más bien todo lo contrario. Nacido en el seno del Judaísmo, que era efectivamente una religión de un pueblo, se abre a todos los pueblos. El hecho de que a partir del siglo IV se haya asociado al poder del Imperio romano tardío y a los muchos episodios de connivencia histórica entre el poder político y las jerarquías religiosas, no existe otro modo de denominar esos hechos que el de ‘desviaciones’ del espíritu cristiano.

Decir que en el momento presente se está dando el nacimiento de una nueva religión en la que figura el nombre de cristiano, asociado al de neofascismo es simplemente una forma de llamar la atención, tomar una postura política, muy válida y que en buena medida comparto, a costa de desvirtuar lo que estos movimientos neofascistas suponen, otorgando al cristianismo un valor de ‘ideología’ del que carece y de ‘ennoblecer’ y legitimar a un pensamiento político deleznable, asociándolo a una ‘religión’.

Es natural que un movimiento,  cuya ideología y antecedentes históricos lo señalan como carente de la más mínima ética, por su desprecio absoluto a la dignidad humana, trate de legitimarse mediante un título como ese de ‘cristiano’ y que se asocie a movimientos que quisieran volver a un supuesto estado de pureza -cosa que caracteriza a los revisionismos y conservadurismos bien conocidos-, que se sienten traicionados por el simple paso del tiempo y sobre todo, en el caso del cristianismo católico, completamente refutados por el último de los grandes concilios, el Vaticano II, cuyos desarrollos han intentado, de diferentes maneras, impedir, anular y disolver, incluida la persona del actual Papa.

No conviene alargarse en poner ejemplos. Pero es un error confundir a quienes conocen poco las religiones y su historia y sobre todo su esencia y sentido profundo asociando dos cuestiones que no solo no tienen correspondencia, sino que son antagónicas: Cristiano y Fascista. Un académico debe procurar siempre ejercer su labor pedagógica con claridad. Cristiano es aquel que se proclama seguidor de Cristo y no es miembro de una ideología o un partido político, por el hecho de serlo. Si ejerce como persona política lo hace en otro nivel, fuera de su adscripción religiosa y no asociada a una determinada corriente que a ojos no ilustrados pueda parecer afín. Mientras que, por su parte un fascista pertenece a otra esfera; exclusivamente a la de la política y la de la ideología y si se reclama como cristiano, deberá asumir sus contradicciones.