COSAS DE LA NOSTALGIA

Ha aparecido un grupo en Facebook de gente nacida en mi ciudad. La mayoría son más o menos de mi quinta y no viven desde hace años en ella, mientras que otros, pocos, son naturales de la ciudad y del país al que pertenece y, en consecuencia, siguen viviendo allí.

Unos y otros suben fotografías de lugares que les resultan emblemáticos; la calle donde nacieron o vivieron, los cines a los que iban, la playa, el paseo habitual, dónde estaba su escuela e incluso la consulta del médico a la que solían acudir.

Como es natural, la ciudad de la que yo me marché hace ya sesenta años, ha crecido y se ha transformado. Sin embargo, al ser una ciudad colonial conserva dos partes muy diferenciadas y, además, dos momentos de expansión muy concretos.

La primera parte y originaria de la ciudad se halla en el interior de un recinto amurallado en el que se pueden contar al menos siete puertas de acceso. A partir de una de ellas se llevó a cabo la primera expansión que data de comienzos del siglo XX. Es esta una ciudad bien trazada, con un eje central que une dos plazas. De la segunda plaza, la más lejana a las murallas, salen de manera radial múltiples calles que a su vez se cruzan y derivan en otras que, finalmente, saltando un gran desnivel, descienden hacia el cauce del río. Además, en paralelo al eje central, se desarrolla una gran cuadrícula de manzanas y calles que descienden escalonadamente hacia el mismo cauce o ribera del río. En mi infancia, no obstante, el río quedaba muy lejos de las últimas construcciones, de manera que casi no teníamos conciencia de su existencia, salvo que fuéramos de excursión al campo.

Cuando había yo cumplido los diez años, aproximadamente, hubo una cierta expansión en unos terrenos llanos que quedaban en la misma cota que el río, pero que, dejando a este a un lado, se dirigían más hacia el suroeste.

La segunda gran expansión que, supongo, se ha ido produciendo en tiempos más recientes; tal vez, los últimos veinte años, pues la ciudad sufrió un período largo de abandono y desamparo, se ha dirigido a completar la urbanización hasta el mismo cauce del río e incluso, mediante la construcción de modernos puentes ha saltado a la orilla más oriental de este. En estas avenidas nuevas, interrumpidas por las consabidas rotondas con fuentes o alguna escultura, se han construido edificios de viviendas de diez alturas que hacen que la ciudad se haya convertido en una ciudad muy moderna pero con ello ha perdido parte de su personalidad.

Los participantes en el grupo de Facebook, como decía, cuelgan fotos de antes y de hoy; así he sabido yo de esa evolución más reciente. Y unos y otros comentan las imágenes reconociendo los lugares o preguntando qué lugares son. En todos los comentarios, se nota que, aunque los participantes se sienten pertenecientes al lugar o, dicho de manera más realista, el lugar les pertenece, el entusiasmo crece en las expresiones acerca de imágenes del pasado, algunas en blanco y negro, mientras que todos se quejan de que los lugares más recientes, no les dicen nada y recuerdan las huertas que había allí o alguna casita aislada, o un lugar a donde iban de excursión.

Lo mismo ocurre con las zapaterías, los ultramarinos, las tiendas de telas o los estancos, los bares y otros locales bien conocidos. En cambio, los modernos hoteles o los nuevos negocios establecidos en esos locales no despiertan ningún entusiasmo.

A mí también me pasa y me siento, en ello, muy identificada con mis contertulios virtuales. En realidad, y aunque no tengan una relación directa conmigo o mi familia, las imágenes que me interesan son las que tengo en la memoria. Las otras, las que no recuerdo porque jamás las vi ni las viví, no me dicen absolutamente nada. Las miro, constato los cambios, incluso algunos me parecen fantásticos, pero no me conmueven, ni me producen el menor movimiento de nostalgia, ni siquiera el deseo de ir a verlos.

Yo quiero volver a aquella realidad que solo está en mi memoria y que, como tal, solo existe en mis recuerdos, porque ni siquiera las zonas que yo conocí y paseé son ahora iguales a como lo eran entonces. Por poner un ejemplo; mi casa, donde nací, estaba pintada de un suave color crema. Se ve que una ordenanza municipal ha decidido pintar todas las casas del ensanche de blanco, con lo que la fisonomía de aquel edificio ha cambiado.

También he cambiado yo y por eso tolero sus cambios como tolero mi vejez. Sin embargo, soy consciente de que la imagen de mi ciudad, la que amo, es aquella que constituye parte de mi historia. Mis contertulios y yo estamos hermanados en las imágenes que llevamos en la memoria y que, simplemente, son convocadas por el estímulo de una vieja fotografía. En realidad, no estamos mirando la foto. Estamos mirando dentro de nosotros.