LA COMPOSICIÓN

Cualquier composición es compleja, como su propio nombre indica. Porque, sin duda está formada por diversas materias, cuestiones, temas o motivos y, todo aquello que contenga dos o más elementos, ya resulta difícil de manejar. Pero, si hay una composición delicada y extremadamente dificultosa, esa es la de la página de un diario.

Todos los medios de comunicación impresos, y hasta los digitales, se ven en la necesidad de organizar su espacio entre los textos de la pura noticia nacional o internacional, y los textos de opinión, o los de economía y, no digamos, con aquellos que son mera publicidad. El cimiento sobre el que se asientan los medios.

Hay que hacer una carrera universitaria y arrimarse luego a una redacción para coger oficio suficiente y enfrentarse con soltura a la página en blanco. No es tarea simple, ya que las noticias y los comentarios, las fotografías o las viñetas de propaganda o de humor son, por su propia naturaleza cambiantes y, por mucho que se empeñe el compositor, el espacio que ocupan es distinto y tiene un valor diferente.

Por eso, en los diversos diarios de tirada nacional, incluso en los de tirada comarcal o regional, se suele establecer de antemano un reparto del espacio a fin de facilitar tan compleja tarea. Así, las noticias relevantes van en portada, como es sabido y las que son más o menos curiosidades van en la contraportada. Es decir, mientras que la portada suele ser sustancial, la contraportada suele ser accidental, por ponernos aristotélicos.

Sin embargo, hay veces en que lo trascendental aparece de verdad en esa página miscelánea de contraportada. Eso sucedió, a mi modo de ver, el 16 de abril pasado, en el diario El País. En la contraportada de ese periódico, aparece normalmente una columna de opinión de autor fijo para cada día de la semana y un artículo o información de carácter indefinido y que podríamos calificar de curiosidad, a medio camino entre lo insólito, lo novedoso, el hallazgo o el simple relleno.

Pues bien, en ese preciso día, aparecían los consabidos espacios de la noticia intrascendente y la columna de Juan José Millás, que, generalmente, no es ni simple

ni intrascendente ni de relleno. El primero de los textos, respondía al titular: Un terremoto paró el tiempo, otro lo resucitó y lo enviaba una corresponsal en China, llamada Macarena Vidal Liy. El otro, como digo de Millás, llevaba por título Sigo vivo.

Ya en el título de ambos había una cierta conexión; vida/muerte/resurrección. Ninguno de ellos asuntos baladíes. Millás comenzaba preguntándose por el sentido de la vida y se preguntaba que si pagar el IRPF, el IBI, acumular puntos en la tarjeta de la gasolinera, pedir la vez en la cola de la casquería o buscar ofertas en el supermercado, entre otras actividades comunes, constituían la esencia de la vida. El autor llegaba a sus propias conclusiones. Sin embargo, era en el otro texto donde estaba la respuesta a sus interrogantes vitales.

En ese texto se contaba cómo un monje budista japonés, cuyo monasterio había sido afectado por el terremoto y posterior tsunami de Fukushima en 2011, había rescatado de los escombros un reloj centenario que, afectado por el sismo, había dejado de funcionar.

El monje intentó sin éxito repararlo, aunque, a pesar de que no funcionaba, lo colgó de nuevo en una pared. Diez años después, otro terremoto le devolvió la vida al reloj y el monje sorprendido vio cómo seguía incansable, marcando las horas y los minutos.

A consecuencia del terremoto, el convento budista de este monje había estado a punto de cerrarse y la situación de pandemia había agravado aquella situación. Pero la puesta en marcha del reloj centenario fue interpretada por el joven monje como una señal para ponerse de nuevo en movimiento y terminar los trabajos de reconstrucción y relanzamiento de la comunidad monacal en servicio a sus conciudadanos.

Ahora que cada cual saque sus conclusiones acerca de qué es la vida.